Lo más liberador

“The most courageous act is still to think for yourself. Aloud.” – Coco Chanel

De niña fui bien habladora. Y ser hablador no siempre es una cualidad positiva, especialmente cuando se es un niño. Ser una niña habladora fue para mí sinónimo de imprudencia. Hablar mucho era igual a “molestar”. Al menos así lo aprendí. Además de habladora, muchos me consideraban “hiperactiva”. ¡Qué mucha gente me diagnosticó con ADHD! Ahora cuando miro hacia atrás me doy cuenta que I was just a curious, smart and energetic kid trying to be a kid. Fui una niña curiosa e inteligente y pasé mucho tiempo sola o entre adultos hasta que fui a la escuela. Hablar era la única manera en que podía expresarme, especialmente cuando aún no sabía que cosas como la escritura o el arte también podían ser medios de expresión.

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Esta foto describe bastante bien a esa niña habladora con ADHD severo crónico agudo (please insert rolling eyes emoji). Esta soy yo antes de conocer sobre vergüenzas, complejos, miedos e ideas estúpidas e irracionales sobre belleza, éxito y perfección. Y ese es mi dedo pulgar, una representación de mi niñez que ha permanecido en mi cuerpo adulto.

Con el tiempo, los adultos y sus ideas (que asumí como verdades absolutas durante mi proceso de crianza) fueron silenciando a esa niña que, según algunos, necesitaba un psicólogo urgente back in the time. No recuerdo en qué momento dejé de ser la niña que se tenía que parar en la esquina del salón de clase dandole la espalda a todos, que era la máxima condena para un niño hablador en segundo grado, y pasé a ser una mujer que se reservaba el 95% de sus comentarios. No sé en qué momento asumí como correcto quedarme callada cuando realmente tenía cosas que decir o aportar. No recuerdo porqué decidí que era mejor conversar conmigo misma, o guardar todos mis pensamientos en un baúl que eventualmente se llenó demasiado. Que una mujer fuera habladora, opinionada y “loud” parecía ser algo que había que evitar a toda costa (mucha gente aun piensa así). Pero no vine a entender porqué hasta hace muy poco.

Ya durante mi adolescencia y adultez, la vergüenza y el temor se sumaron a la ecuación. Hablar ya no era solo molestar, o interrumpir o importunar. Hablar representaba una gran oportunidad para equivocarme y discrepar y, como consecuencia, exponerme a personas que disfrutan de burlarse, presumir, intimidar, minimizar, invalidar, menospreciar, etc. ¿Y a quién diablos le gusta quedar en ridículo en una sociedad que idolatra la “perfección”?

Estar equivocado o tener gustos y opiniones diversas a las de otras personas con quienes se habla, para mí había sido sinónimo de vergüenza. Aprendí a ser una niña “bien portada”, complaciente y que no le lleva la contraria a nadie. Crecí creyendo que no estaba permitido tener necesidades, enojarme, ni causar molestias a los adultos. Acepté que no era necesario hacer valer mis propias opiniones y deseos, y más cuando estos fueran opuestos a los de la figura adulta a cargo (padres, maestros, persona de la Iglesia…).

Y así fue como me convertí en la adulta que fui por tantos años y que estoy intentando dejar atrás. He aprendido the hard way que ninguna de esas ideas con las que crecí eran realmente ciertas o correctas. He descubierto que mi voz también merece y necesita ser escuchada al igual que todas y cada una de las voces que habitan este planeta. Estoy finalmente experimentando el -antes prohibido para mí- arte de discrepar. ¡¡¡A mis 33 años me estoy atreviendo a discrepar!!! ¡¿¡¿¡¿Leíste eso?!?!?! Y no, no es que me he puesto a debatir y refutar cada cosa con la cual no estoy de acuerdo. Pero estoy haciendo poco a poco el ejercicio de expresar mis opiniones, de no aceptar ideas ni experiencias que realmente no deseo en mi vida, de no asentir sonriendo con las muelas de atrás mientras le hago creer a la otra persona que estoy de acuerdo si en realidad no lo estoy… En fin… Baby steps!

Estoy sumamente orgullosa de mí por esto. Quizá no es un milestone para otras personas, como lo es casarse, tener hijos, volverse un profesional exitoso…  Para mí es un logro bastante pujao’ y sudao’, un respiro de aire fresco, llegar al baño luego de aguantar por horas, algo demasiado liberador, sanador (yes, aaaall that at the same time!!!). Comenzar a aceptar quien soy y mostrarme tal cual, es de lo más liberador que he experimentado. Y aunque valoro el silencio y no aspiro a convertirme en una conversadora experimentada, me está resultando mucho el aprender a identificar en qué momento es apropiado para mí el abrir la boca y expresarme, y qué momento simplemente me es más satisfactorio y rewarding el sentarme a escribir o hacer un dibujo que exprese cómo me siento.

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